Entre dos cielos
acuosos e infinitos
pasa toda la velocidad
He llegado a las once con la velocidad de los que alucinan el desastre.
He llegado sin las luces de aquel que me dijo que todo poder era dueño del cielo.
He llegado con los pies hinchados tras el gozo de haber mirado el infierno estrellado en la calle Atocha, Madrid,
silencio con el que sigo endeudado aún después de haber llegado.
He llegado sin fiebre, pero con prisa a través del laberinto de lo hermoso que es cruzar entre un cielo acuoso y otro absurdo, infinito,
como un magisterio de lo que nos rodea sin darse cuenta, luego de la estación del primer desencanto, o el paso de una adultez a la otra.
He llegado sin las horas primero, preguntando por el amor en los parques, con azucenas que no tenían más que el aroma de sus pétalos para contarme otras historias marchitas o nuevas.
He llegado en el sentido opuesto al ocaso del primer orgasmo, del primer poema, de la primera imagen.
He llegado sin alas de espuma, con brazos simples lavados sin gran esfuerzo.
He llegado luego de tantos trabajos para decorar mi corazón en las esquinas.
He llegado, gaviota en las arenas, cangrejo encima de la nube y
he llegado y todo esto me gusta como un cero vivo.
Como un gran cero añejo de buena vid
a sí cómoda y puesta en la espalda
de los días acervos en los que
cada vez, he llegado.
2 juin 2008 à 11:25
He llegado…eso es lo importante y más si es como un cero vivo.
Abrazos